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17.10.08

Edison y Topsy, una historia eléctrica

Thomas Alva Edison fue un tipo a tener en cuenta. Inventó numerosos aparatos (más de 1.000 patentes en vida) que hoy día consideramos imprescindibles, e incluso hoy día se mantiene una bombilla de su invención todavía encendida en uno de los museos consagrados a su persona. Pero no era ningún santo. Tenía todo un equipo de ingenieros trabajando para él, y en muchas ocasiones él solo perfeccionaba el invento y se atribuía su completa invención. En otras, directamente se apropiaba de ideas ajenas y las firmaba, sumiendo en la ruina a su creador original.
Y encima, electrocutó un elefante. Y a perros, vacas, caballos y gatos.
Y lo grabó, el muy rufián.
Topsy nació en 1875 en el circo Forepaugh, de padre elefante y madre elefanta. Su vida no fue como la de Dumbo, aunque pudiera haber similitudes en lo que ha putaditas se refiere. Su dueño le obligaba a fumar puros habanos, que no disfrutaba, así como las múltiples palizas con cadenas, maderas con clavos, y demás lindezas de principios de siglo. Todo unos pioneros de la tortura animal.
Pero Topsy tenía su genio, y llegó un punto en que decidió no seguir aguantando más, y en sus revueltas, acabó con tres "cuidadores", aplastándoles e hiriendo a tantos otros. En ese acto de autodefensa y justicia personal, Topsy no podía saber que la ley humana iba a ser tan dura y homocéntrica, y menos imaginar que iba a pasar a la historia como uno de los pocos animales ejecutados públicamente después de un veredicto oficial. Se desconoce quien fue su abogado.
Edison andaba por ahí, buscando una ocasión para demostrar uno de los usos de la corriente eléctrica, aparte de encender lucecitas, tal y como era la ejecución de condenados a muerte. Y con este caso, se le encendió la bombilla sobre su depejada cabeza. Pasó por encima de las protestas de la ASPCA (Asociación contra la crueldad contra los animales en es momento), y puso en marcha su demostración, no exenta de sentido del espectáculo.
En 1903, tras una última cena de su comida favorita, un buen cubo lleno de zanahorias, bien inyectadas de cianuro por si la cosa fallaba, se llevó a cabo su ejecución en el Zoo de Luna Park, en Coney Island. Se le colocaron una especie de zapatones de metal conectados a la fuente eléctrica, y se le administró la nada desdeñable corriente de 6.600 voltios.
La verdadera intención de Edison, aparte de freír al paquidermo, era demostrar los múltiples usos de la corriente eléctrica continua (en lo que luego fue la silla eléctrica, bien querida y rentabilizada por la sociedad norteamericana de la época) en un evento público que dejase atrás a su competidor, Nikola Tesla, que también experimentaba con los usos varios de la corriente eléctrica y su dominio, esta vez abogando por la corriente alterna.
La ejecución fue todo un éxito, con 1.500 personas como testigos, y un camarógrafo que registró el evento para la posteridad, por orden del propio Edison, involucrado también en el desarrollo de esta incipiente técnica de grabación.
El tiempo y la justicia poética puso cada cosa en su lugar, y finalmente la corriente alterna de Tesla se acabó imponiendo como estándar, perdiendo Edisón la batalla eléctrica en esta ocasión.
No tenemos constancia de que Topsy halla adquirido la categoría de martir paquidermil, aunque desde el Cybernáculo no dudamos en promoverla para tan noble causa.
Aquí abajo, la grabación en cuestión y verdadero documento histórico.
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30.1.08

Dame un punto de apoyo, y moveré el mundo

Así de chulo se presentó a mediados del siglo III a.C. al rey Hieron II de Siracusa, un tipo que afirmaba revolucionar los principios de ataque y defensa, básicamente son solo una vara larga. Aunque en realidad ya le conocía, pues era pariente suyo, pero no las tenía todas consigo para creer tal afirmación tan orgullosa y más propia de un general engreído con aires de grandeza, que de un tipo más bien enclenque, y hasta ese momento, solo dedicado al estudio.
Le puso a prueba pues, y al poco, fue capaz de flotar un barco que estaba aún en el dique seco, recién construido, lleno de gente y mercancía, y con la sola fuerza de su mano.
Este tipo no era Hércules (que también habría podido, aunque por otros métodos), lo que al no poseer tamaña fuerza mítica, se limitó a poner en práctica el método de la palanca, aunque esta vez en base a un sistema de poleas, que reconducía y multiplicaba un esfuerzo dado en un extremo del circuito, para reflejarse al otro potenciado hasta el extremo de mover algo que de otra manera habría sido cometido de varias decenas de hombres.
Este tipo era Arquímedes.
Arquímedes nació, creció y murió en Siracusa, ciudad griega situada en Sicilia, y pasa por ser uno de los sabios más necesarios del mundo griego, y más influyente en la evolución posterior de la civilización occidental. Y no por menoscabar el ingenio de matemáticos anteriores a él, sino por las aplicaciones prácticas al mundo real que este hacía de sus teorías.
A él se deben descubrimientos o inventos tales como el cálculo integral (que habría avanzado más de no haber trabajado con los engorrosos números griegos; de haber conocido el numerario árabe, habría adelantado a Newton en 2.000 años), el principio de la palanca (dada una vara con un punto de apoyo, y haciendo un empuje en el lado más largo, es reflejado en el lado más corto, multiplicado tanto como la distancia del largo; con lo que un pequeño esfuerzo es reproducido al otro extremo como un gran empuje), los cálculos de la cuadratura del círculo, El cálculo del número Pí, El tornillo que lleva su nombre (para elevar grandes cantidades de agua a un punto superior en base una serie de conductos resueltos en horizontal), y aparte de numerosos más, el principio que lleva su nombre, posiblemente su descubrimiento más célebre.
Después de encargar una corona de oro a un orfebre, el rey sospechó que el artesano había escatimado parte del oro dado para ella, suplantándolo por plata o cobre. El rey, conociendo a Arquímedes, le encargo averiguarlo sin tener que dañar la corona (fundiéndola habría sido fácil, pero la obra era de gran belleza y quería mantenerla).
Arquímedes sabía que la plata o el cobre eran más ligeros que el oro, de manera que para que la corona pesara lo mismo que la cantidad de oro dada, la cantidad de material suplantado tendría mayor volumen que si hubiera sido de oro. Pero para saberlo no podría fundirla, lo que complicaba el asunto. Mientras se daba un baño, el sabio cavilaba al respecto, cuando se fijó en que al meterse en la cubeta de agua, esta rebosaba, y al alzarse, volvía al nivel anterior pero restando lo desplazado. Así, frotándose el cuerpo y disfrutando de las mieles de un baño caliente, Arquímedes descubrió que todo cuerpo sumergido en agua, desplaza su equivalente en volumen de ese agua, lo que le permitiría hallar el volumen de la corona sin tener que fundirla.
Entusiasmado, salió corriendo semidesnudo para dar parte al rey de su hallazgo, gritando "¡Lo encontré!, ¡Lo encontré!", solo que en griego, lo que viene a ser "¡Eureka! ¡Eureka!". De ahí la célebre palabra para expresar lo hallado y deseado en un momento dado.
Al que no le gustó nada fue al orfebre, que efectivamente había timado al rey, y fue ejecutado.
Tiempo después, cuando Roma asedió la ciudad al apoyar la causa de Cartago (la II Guerra Púnica, la de Aníbal contra Roma), Arquímedes y sus ingenios resistieron al asedio durante tres años, gracias a catapultas de gran fuerza destructora, grandes palancas con garras que volcaban barcos, etc (muchos inventos suyos pertenecen al campo militar, como máquinas de guerra).
Pero solo era un hombre, y finalmente los romanos entraron en la ciudad en el año 211 a.C. Un grupo de soldados se topó con un anciano sentado en el suelo, haciendo cálculos con dibujos y diagramas en la arena, y el líder de ellos espetó al hombre que se rindiera y entregara. El anciano no le atendió, y solo le dijo concentrado que se apartara, que le quitaba la luz para seguir con sus cálculos y que no estropeara sus círculos. El soldado, sin mediar palabra, lo mató con su espada.
Acaba de matar a Arquímedes. Una vez, como tantas veces desgraciadas en la historia, la ignorancia y la fuerza bruta cortaron de un tajo la vida de un sabio. El cónsul romano Claudio Marcelo, general del fuerzas que asediaban Siracusa, había ordenado que mantuvieran con vida al científico, con lo que castigó al soldado con la muerte. Pero al mal ya estaba hecho.
Con todo, la historia siempre recordará el nombre del sabio de Siracusa, pero nadie el del que empuñó la espada contra la razón.

28.1.08

Luchó... como un oso

La cabra de la legión poco podría hacer contra Vojtek, el oso soldado polaco. Y ahora los escoceses están promoviendo una iniciativa para levantar una placa conmemorativa al insigne oso soldado, que luchó en al Segunda Guerra Mundial, y que terminó sus días en Escocia. Será uno de los nuevos reclamos turísticos del país de William Wallace.
Vojtek era un osezno de vida tranquila en Irán, cuando le encontraron un contingente polaco poco después de estallar la Gran Guerra, en 1943. Con el tiempo, el oso creció y decidió adquirir más responsabilidades en el ejercito, no solo de mascota dicharachera, sino como transporte de material pesado, labores de zapador, etc. Para que pudiera acompañar a los soldados polacos una vez fueron convocados a Europa a luchar contra Hitler, Vojtek recibió número y rango de soldado, convirtiéndose en un hombre valioso para su escuadrón. Como buen soldado, gustaba de la cerveza, fumar cigarrillos, etc, como un hombre más. El oso estaba integrado.
Participó en la batalla de Montecassino, cuando el ejercito aliado se abrió camino hacia Roma, y fue testigo de la recuperación de Italia durante la contienda.
Cuando llegó al momento, fue trasladado con varios compañeros suyos polacos a Escocia, donde todos ellos contemplaron el fin de la Segunda Guerra, que festejaron con júbilo. Como un ex-combatiente que solo quiere disfrutar de sus días de retiro tras los duras jornadas de guerra, Vojtek se retiró al parque zoológico de Edimburgo, donde terminó sus días como un viejo soldado.
La historia es real, el oso luchó junto a sus compañeros soldados siendo muy valioso para la victoria de este.
Ahora ya sabéis porque al buen combatiente se le dice que lucha como un oso.
Fuente: El País

3.10.07

Paradojas en la Isla de la Bayamesa, o Reflexiones acerca del tiempo y los pecados

El tiempo cura las heridas, dicen por ahí. El perdón es virtud, dicen otros. Pero hay veces que la combinación de ambas da como resultado extrañas paradojas, que según como se lean, pueden tener un sentido u otro. Según informa El País, en un hospital de Cuba ha sido realizada una complicada operación para devolverle la vista a un paciente ciego. Esto no es un logro significativo, ya que es una operación que se lleva efectuando desde hace tiempo con éxito (en pacientes con susceptibilidad de éxito, no en ciegos totales), pero si lo es que ha sido de forma gratuita, ya que forma parte de un programa cubano para devolver la vista a toda Sudamérica (véanse las connotaciones políticas con una forma de "ver" concreta). Hasta ahí bien, todo correcto. Lo paradójico del tema es que el paciente en cuestión es el sargento boliviano Mario Terán, célebre precisamente por ser el hombre que mató a Ernesto Guevara De la Serna, El Ché Guevara. Y para más inri, se hace pública esta noticia cuando se cumple el 40ª Aniversario del hecho, concretamente el 9 de octubre. "Cuatro décadas después de que Mario Terán intentará destruir un sueño y una idea, Che Guevara regresa para ganar otra batalla. Ahora un anciano puede apreciar de nuevo los colores del cielo y el bosque, disfrutar de las sonrisas de sus nietos y ver partidos de fútbol", decía el diario oficialista Granma. Una lectura puede ser que, a pesar de acabar con un sueño de revolución de una manera fría y asesina, Cuba perdona, y encima le devuelve la vista a su verdugo. Bondad, perdón y redención. Pero no todo es tan bonito y floreado. Una de las doctoras que intervino en la operación se enteró por la radio de la identidad real del paciente, tiempo después, y no se alegro precisamente. La propaganda vende un hecho, pero la realidad escama a gran parte del pueblo. Quizá también hace cuarenta años la propaganda vendía tan bien como ahora. Las verdades se esconden en el tiempo, que a la vez es dueño y señor de los mitos. Una combinación que da que pensar.

Fotografía del Che, tendido muerto, con los militares que lo encontraron.

15.7.07

De romanos y de espadas míticas, cocinado por el Chef Manfredi

Sin ser un estreno tipo Blockbuster del verano, a finales de agosto se estrena en la piel de toro una adaptación al celuloide muy esperada por todos los lectores que disfrutaron de una de las mejores novelas históricas de todos los tiempo, La última legión, de uno de los autores más destacados de estos menesteres, Valerio Mássimo Manfreddi. La última legión trata de esclarecer históricamente el origen que pudo dar pie a las leyendas artúricas, pero es más que eso. De hecho, solo en la resolución final empieza a tomar cuerpo tal hipótesis, ya que el resto de la novela es un fresco claro y documentado de los últimos días del imperio Romano, un imperio sombra de lo que fue en el pasado y mortalmente herido por las pasiones bárbaras de las gentes del norte, que se habían introducido hasta las más altas cúpulas de poder militar y político. El que fuera oficialmente último emperador romano, Romulo Augustulo, de apenas 12 o 13 años de edad, es salvado por los pelos por un oficial romano, Aurelius (último vestigio de un mundo de honor representado por el estandarte romano), y su antiguo profesor y tutor, Ambrosinus, y tratarán de huir a la Bretaña, donde se mantiene la última legión fiel al emperador. No os cuento más, que os lo destripo y lo atractivo de la historia es ir descubriendo sus ramificaciones y conclusiones. El propio Manfredi ya comentaba en el prólogo del libro que lo había escrito con intención de que fuera adaptable para una buena película, y ese compromiso le ha llevado a hacerse cargo del guión, lo que a priori debería ser una garantía de, al menos, fidelidad. Producida por el legendario Dino de Laurentis (por la edad habría vivido este periodo...), dirigida por un desconocido Doug Lefler (al que por su anonimato le concederemos el beneficio de la duda), y protagonizada con Ben Kingsley (Ambrosinus) y Colin Firth (Aurelius), y la hiper bella Aishwarya Rai (reina de Bollywood, y los ojos más cautivadores del lejano oriente). Aparece también el "romano" Kevin McKidd (Lucio Voreno en la serie de Roma), John Hannah, y Alexander Siddig (Doctor Bashir en Star Trek: Espacio Profundo Nueve). Desde aquí ya afirmo que el libro es grandioso. Mandredi es autor de, entre otras, la trilogía de Alexandros, sobre Alejandro Magno, El Tirano (sobre Dioniso de Siracusa, tirano griego de Sicilia), y más recientemente, El imperio de los dragones, donde especula sobre la posibilidad del contacto de legiones romanas con el Imperio chino. Destaca de otros autores de novela histórica (muy abundantes hoy día donde la morralla abunda disfrazada de novela histórica escrita por cualquier patán sin conocimientos), ya que el tipo es arqueólogo y profesor de la universidad Luigi Bocconi de Milán, ha participado en numerosas excavaciones, y se centra siempre en el mundo clásico. El tipo en ese aspecto es de fiar. Y además sabe escribir, es muy ameno, y entretiene a la par que instruye.Otro cantar será la película, que esperemos sea todo lo fiel posible a la novela y no caiga en concesiones al respetable (no tanto la mayoría de las veces), y nos haga pasar un buen rato rememorando la lectura de este novelón. Los que ya la hayáis leído, bien por vosotros, y los que no, adelante. Para más información sobre la película, aquí. Y para aprender algo más sobre el autor e iniciarse en su lectura, aquí.

26.6.07

Disney era eterno

Y si no eterno, al menos temporalmente cíclico. O un visionario. O un plagiador. O quizá solo una coincidencia, pero desde luego el parecido es asombroso. Un grupo de arqueólogos han encontrado, en un yacimiento vikingo al sur de Suecia, un broche de bronce de hace más de mil años, concretamente del 900 d.C. según las pruebas, con una forma que nos resulta más que familiar. Y es que dicho adorno, probablemente proveniente del ajuar de joyas de una mujer, tiene la inequívoca efigie de Mickey Mouse, con sus orejas redondas y su sonrisa guasona. Expertos dicen que se trata de la representación de un león (un tanto subjetiva, me temo), pero desde aquí afirmamos que Walter Elias es como la energía, que no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma. Disney estuvo siempre ahí.
Para saber más: noticia en El País, noticia original en Discovery News